Abril 10, 2008...2:08 am

CRITICA DE MEDIOS#3: ARTES Y LETRAS EL MERCURIO

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Atrasado, hojeamos la última edición y encontramos dos notas interesantes. La primera analiza el desconocimiento en torno a nuestros hábitos de lectura. La segunda -en Revista de Libros- la presentación de “La estrategia del Best Seller” de Pérez-Reverte por Jaime Collyer. Luego, Gumucio, De la Parra y otros opinan del tema. Confesar que se leen es una forma de justificación como en los 90 era reconocer los “placeres culpables” que escuchábamos. A contunuación reproducimos ambas notas.

Domingo 6 de abril de 2008
Reportaje Lectoría y consumo de libros:
Nadie sabe cuánto leemos en Chile

Nada es exacto sobre cuánto y qué se lee en Chile. Se habla de “poco”, de “mucho”, pero no de cifras de lectoría. Un tema que involucra educación, industria editorial y desarrollo, sin estadísticas históricas. ¿Cómo se puede evaluar un plan sin esas cifras?
Óscar Contardo

En 1999, el INE realizó por primera y única vez una encuesta chilena del libro que estableció, entre otras cosas, que en casi el 25 por ciento de los hogares del país no había libros y que sólo el 12,1 por ciento de la población los compraba. Esa encuesta nunca se repitió del mismo modo y no es comparable a las dos encuestas de consumo cultural posteriores que incluían la lectura como una de muchas categorías. Debido a esto no se puede saber a ciencia cierta si los chilenos leen más, leen menos o leen lo mismo. Por otro lado, según los resultados de pruebas y encuestas internacionales (Prueba Pisa, estudio del Ocde), sí se podría sostener que al menos la población chilena lee mal o no entiende lo que lee, y que eso ocurra va en directo perjuicio del desarrollo de las personas y del país. Todo indica que para lograr un mayor desarrollo hay que mejorar los índices, y que para hacerlo es necesario un plan y que para hacer un plan hay que saber desde qué punto se parte con indicadores más específicos que las percepciones de que se lee “menos”, se lee “poco” o se lee “mucho”.

Marcela Valdés asumió en diciembre como secretaria ejecutiva del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, la entidad encargada de las políticas públicas para el desarrollo de esta área. Valdés cuenta con un presupuesto anual de 416 millones de pesos para dar inicio al Plan Nacional de Fomento a la Lectura, el que se inició a fines de 2007 y se extenderá hasta 2012.

-¿Cuántos libros lee un chileno en promedio?

“Es uno de los indicadores que hay que sacar. Hay que calcular cuántos libros lee. Lo que sí se puede saber aproximadamente es qué lee un chileno. Los chilenos leen mucho cómic, mucha literatura chilena. Se lee mucho best seller…”

-¿Pero hay cifras que puedan determinar cuánto es ese “mucho”?

“No. Nosotros no tenemos cifras exactas: no podríamos decir cuánto está leyendo un chileno. Podemos, a través de todos los indicadores que existen y de las cifras registradas a la fecha, sacar la conclusión de que sí hay un promedio de lectura en el país. Y es un promedio que ha ido creciendo. Si se revisan las cifras que tiene la Dibam (ver recuadro) y cifras que tiene el INE, se puede llegar a la conclusión de que sí se está leyendo”.

-Le repito la pregunta entonces: ¿Cuánto lee un chileno anualmente?

“Nos encantaría saberlo. Hoy no lo sabemos”.

-¿Es posible hacer un plan de difusión de la lectura sin ese diagnóstico antes?

“Se puede hacer un plan porque quizás la respuesta a esa pregunta, con certeza, (sobre) la cantidad de libros que está consumiendo un chileno no la conocemos, pero sí cuánto está leyendo un chileno”.

Marcela Valdés explica que el Plan de Lectura del Consejo del Libro y la Lectura es el primero en su tipo que se realiza en Chile. Se trata de un programa que partió el año pasado y se extenderá hasta el 2012. “Desde los 90 se han generado iniciativas y campañas para el fomento de la lectura, pero han sido acotadas y no se midió el impacto que tuvieron. Este plan busca medir ese impacto y por eso incluye generar los indicadores que no tenemos. Este país tiene el grave problema de que los proyectos sociales no se miden; en general no hay medición”.

Medir, determinar y cifrar los hábitos de lectura parece haber sido en Chile un hábito innecesario. No se hizo tampoco en los setenta, cuando Quimantú editó miles de libros a precios bajos; menos aun en décadas pasadas, cuando reducir la lectura a números hubiera sido considerado un despropósito.

Mientras en España la federación de editores mantiene un indicador periódico pormenorizado, y en Inglaterra el gobierno realiza estudios regulares, en Chile -pese a contar con una institucionalidad enfocada a la materia- esto parece ser una inquietud de la que nadie se ha hecho cargo, a pesar de ser un elemento clave en la educación. Existen estudios aislados que no son comparables y que, por lo tanto, no indican una progresión ni una involución. En 1992 el profesor Juan Morales, en su calidad de gerente de la Editorial Santa María, encabezó uno que aseguraba que los chilenos leían un promedio de 2,6 libros anuales. El mismo año los españoles leían 19 libros por año. La Unesco recomienda 25 y en Canadá o Finlandia se leen más de cuarenta.

En 2006 la Fundación La Fuente dio a conocer un índice de lectura y compra de libros elaborado en conjunto con Adimark y que se volverá a hacer este año. Una de las cifras que entregó el estudio de la Fundación La Fuente es que en el 72 por ciento de los hogares del país no se compran libros nunca o casi nunca. Asimismo, entre las razones esgrimidas por quienes no leen para no hacerlo, el 26% aseguraba que debido a la falta de tiempo y el 47,3% porque simplemente no le interesaba. Es decir, para más del 70 por ciento de los no lectores, el problema no es el precio, de lo que puede desprenderse que el IVA no es necesariamente el principal escollo para la lectura en Chile.

Verónica Abud, presidenta de la Fundación La Fuente, explica que el estudio de lectoría tuvo un costo de siete millones de pesos y que en adelante se hará cada dos años. Abud sostiene que en Chile no existen cifras de lectoría básicamente porque “la lectura en este país no es importante y se hacen tonteras. Es cosa de pensar que la inversión más grande que se va a hacer en libros en el país es el Maletín Literario, que es como tirar la plata. No hay un objetivo ni una política. Se está improvisando, pero no vemos ninguna articulación entre los agentes”, sostiene Abud.

Además de las instituciones gubernamentales, otro de los actores principales en el mundo del libro son las editoriales, que en los últimos años han estado remecidas por cambios de gerentes, disminución de planta de empleados y de ediciones locales. Un efecto colateral de lo discreto del público lector chileno que ha repercutido en una industria que, pese a vivir de las ventas, parecía sentirse exenta de los rigores del mercado.

El libro como producto

Marilén Wood, gerenta de Ediciones B, comenta que hasta hace cinco años deshacerse del inventario liquidando, un asunto habitual en el resto del comercio detallista, era un asunto mal visto. “En este mundo hay quienes no quieren ver al libro como un producto, que no se les puede comparar con un yogur, aunque yo creo que sería un orgullo que la gente quisiera comprar un libro como quiere comprar un yogur”, agrega Wood. Lo cierto es que si en gremios como el de los automóviles se sabe detalladamente cuánto y qué se vendió, en la Cámara Chilena del Libro conseguir cifras pormenorizadas es casi imposible. “Es un mundo que se manejó durante mucho tiempo de una manera que no es adecuada para el modelo actual. No estaba planteado como un negocio, sino como un sistema con algo de feudal que terminó con que en general las sedes chilenas de las editoriales internacionales le debían mucha plata a sus casas matrices”, agrega Marilén Wood.

Lo concreto es que la buena fama del modelo económico chileno no se refleja en el mercado editorial. En el caso de Ediciones B -editorial española con sedes en gran parte de Latinoamérica-, Wood asegura que “estamos dentro de los mercados más pequeños”. En materia editorial, Chile puede compararse con Venezuela o Colombia, países con índices de pobreza y analfabetismo muy superiores a los nacionales, pero está muy lejos de México o Argentina.

A la mezquindad del mercado, habría que sumarle la piratería, sobre la cual tampoco hay claridad. Pablo Dittborn, director general de Random House y miembro del directorio de la Cámara Chilena del Libro, aventura que por 100 libros que se venden en Chile en el mercado oficial, se venden 50 libros piratas. Para Dittborn esto revela al menos una buena noticia: que el mercado del libro es más grande de lo que parece.

Dittborn concuerda con que la opacidad estadística es una realidad, pero agrega que un estudio de siete millones de pesos -el costo del estudio de la Fundación La Fuente- para la Cámara Chilena del Libro es mucho dinero. “Sería un dinero bien invertido, pero es mucho para la Cámara y te lo digo porque pertenezco al directorio, conozco las cuentas. Existe la posibilidad a través del Fondo Nacional del Libro de financiar un estudio de lectoría. A lo mejor nos ha faltado audacia y disposición para solicitarlo”.

Plan de fomento a la lectura

El primer Plan de Fomento a la Lectura impulsado por el Consejo del Libro y que se extenderá hasta 2012 cuenta con 11 líneas de acción: En el documento que explica el plan se establece que en cuatro de esas líneas “todavía no tienen establecida ninguna de sus líneas específicas”. La estrategia reconoce que “si hubo acción en algunas de ellas no dejó rastro apreciable”. Estas líneas en donde no ha habido avance según consta en el documento son: Poner el libro y la lectura al centro de las políticas de educación; Investigación sobre el libro y la lectura; Garantizar la diversidad cultural y lingüística del país en el fomento lector, y Promoción y generación de derechos en relación al libro y la lectura.

Marcela Valdés, secretaria ejecutiva del Consejo del Libro y la Lectura, es la encargada de encabezar este plan que entre sus objetivos tiene el de posicionar la lectura como un tema amplio, transversal: “Que no se hable de la lectura como un ejercicio relacionado con una obligación, sino como una manera de estar informado, de divertirse, lograr que se entienda la lectura como una forma de ser un país más democrático y de lograr la inclusión social a través de ella”. La secretaria ejecutiva del Consejo hace hincapié en que el tema de lectoría debe involucrar todos los soportes, no tan sólo el libro.

Valdés indica que uno de los primeros puntos para poner en marcha el Plan de Lectura fue convocar a los actores involucrados en el tema “entendiendo que el plan es un proyecto país”.

Las cuentas alegres de la Dibam

“Chile está leyendo más”, declaró Nivia Palma, directora de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, Dibam, en la última revista de la Cámara Chilena del Libro. Ella lo afirma porque al menos en su repartición las cifras duras existen y son alentadoras. Antes de 1990 no existía en Chile una red nacional de bibliotecas públicas.

“Desde el año 1993 en adelante se verifican incrementos notables sostenidos en usuarios y prestaciones de bibliotecas públicas”, explica Palma, y añade que sólo en 2007 hubo un incremento del 25 por ciento en las prestaciones de bibliotecas públicas y un aumento del 35 por ciento en los usuarios presenciales de la Biblioteca Nacional, además de superar los 36,5 millones de prestaciones virtuales (servicios en internet como Memoria Chilena y el archivo digital de documentos del Archivo Nacional).

“Creo que son un indicador importante del comportamiento lector de una población, aun cuando no pueden ser considerados como la realidad en su conjunto. Son datos duros de prestaciones y no sólo de asistencia a la biblioteca. Se trata de cifras alentadoras, que deben ser cotejadas con venta de libros en librerías, importaciones de libros, ediciones anuales”, explica Nivia Palma. La directora de la Dibam advierte que el avance se puede evidenciar si se recuerda que el año 1993 un 25,3 por ciento de los chilenos(as) mayores de 15 años declaraban leer libros; el año 1999, un 31,4 hace esta declaración; en 2004-2005, un 40 por ciento.

Actualmente la prioridad es la automatización del sistema de bibliotecas públicas en todo el país. Nivia Palma explica: “Partimos en 2006 y esperamos tenerlo en todas las bibilotecas públicas en 2010. La meta es incorporar a través de un software todos los libros y los socios a un mismo sistema. Cuando esté en marcha, el usuario podrá acceder no sólo a los libros de su comuna, sino a los del sistema íntegro. En el fondo el sueño es que el 2010 baste tener el RUT para ser socio de todas las bibliotecas públicas y tener acceso a la red”, puntualiza.

Nuevo libro La estrategia del best seller:
Pérez-Reverte en el campo de batalla
Fiel a sus temas de siempre y su tratamiento pormenorizado de las grandes gestas históricas, incluido el trasfondo de miserias que suele rodearlas, Pérez-Reverte aborda en “Un día de cólera” la sublevación del pueblo madrileño ante la ocupación napoleónica, brindando un pretexto inmejorable para reconsiderar su propia estrategia de ficcionador, la mecánica siempre tan huidiza del “best seller”.
Jaime Collyer

En entrevista concedida en los 90, José Donoso postulaba su empeño de ser un “long seller” antes que un “best seller”, vale decir, un autor perdurable antes que uno masivo, aclamado por las multitudes. A estas alturas, no está claro si consiguió una u otra cosa, pero la disyuntiva sigue siendo de interés. Una disyuntiva habitual dentro del oficio: al autor que conecta con el gran público se lo tilda de superficial, algo escasea en sus intentos; al minoritario -y presuntamente más complejo-, se le confiere un valor literario que el otro no alcanza o hasta anhela secretamente.

Cuestiones varias que deben tener sin cuidado a Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951), el escritor de habla hispana más difundido hoy en todo el mundo, incluidos el ámbito de habla inglesa y el francófono. “Sus novelas, de apariencia ligera -ha dicho un crítico-, de lectura grata y apasionante, poseen un espesor que puede no percibirse a primera vista. Pero, a estas alturas de la obra del creador de Alatriste, con una docena de títulos publicados, se ve con claridad que dicho fondo responde a unas inquietudes, a una visión del mundo, persistente a lo largo de su trayectoria entera”. Los datos provenientes del sector editorial hablan por sí solos: desde mediados de los 80, Pérez-Reverte ha publicado de manera incesante varias novelas que invariablemente superan los 250 mil ejemplares de tirada, traducidas a una treintena de idiomas, adaptadas varias de ellas, con inequívoco éxito, al cine. En escasos veinte años de trayectoria ha conseguido, en suma, luego de abandonar a voluntad el periodismo de trinchera (en un sentido literal), lo que muchos escritores anhelan aunque rara vez lo confiesen: ser leídos masivamente y contar con un público fiel, multiplicar sus esfuerzos en varios frentes, ser incluso aplaudido por la crítica.

Los aciertos

Todo esto lo transforma hoy en una suerte de poder fáctico dentro del mundillo editorial. Basta echar un vistazo a los aportes y reseñas en torno a su obra, más de 600 mil entradas en internet, para entender que al autor español no se lo toca, a riesgo de quedarse sin tribuna, o incluso sin amigos. Pareciera, así pues, que en este asunto hay que irse piolita, como se dice, o actuar con delicadeza, pero en América Latina importa menos quedarse sin amigos o sin tribuna (es, de algún modo, consustancial al oficio), así que puede uno hablar con mayor largueza, sin tantas prevenciones.

En rigor, soy de los que han leído varios de sus títulos fundamentales con esa mezcla de avidez y renuencia que siempre provocan los empeños literarios colectivamente aclamados, las hazañas editoriales que terminan legitimándose en las conversaciones de café. La gente sensata parte por arriscar la nariz ante Isabel Allende o Pérez-Reverte, ante sus entregas novelísticas tan regulares, para terminar proclamando en voz baja que por algo será: “Por algo será que venden tanto”. Es la premisa residual, el eslogan que queda en pie. Entiendo que comparar a ambos autores no es del todo acertado. Sus áreas temáticas suelen ser muy diversas: la una profundiza en su propia biografía y su acervo emocional menos visible; el otro en la historiografía y el pasado bien documentado, en las grandes vacilaciones de los líderes históricos, en el valor compensatorio de los ciudadanos de a pie, entendido como sinónimo último de la dignidad personal. Hay algo que ciertamente convence en su labor, aunque más no sea por la minuciosidad que delata en cada intento (su labor personal de documentación en torno a cada tema suele extenderse por años), por la obsesividad con que trata cada episodio ambiguo de la historia oficial, por la estrategia neo-periodística con que despliega episodios históricos que de otro modo resultarían áridos, enturbiados por la conveniencia patriotera y las crónicas enciclopédicas. Además, se deja leer con fluidez y eso es ya un mérito, considerando los temas de suyo complejos que aborda, la camisa de fuerza histórica en que suele meterse con cada novela, el entramado detectivesco del que acostumbra rodearlos.

Pero hay, a la vez, algo que falta, un déficit solapado, que es a la vez un estupendo pretexto para desmenuzar los mecanismos siempre tan desconcertantes del “best seller”.

El déficit

Ocurre, de hecho, en Un día de cólera (Alfaguara, 2008, 408 páginas, $14.160), su última entrega, que rememora la sublevación popular habida en Madrid el 2 de mayo de 1808, tras las humillaciones impuestas por las tropas napoleónicas a su paso por España. El 2 de mayo es para los españoles lo que el Combate Naval de Iquique en nuestro propio imaginario fundacional. Una escaramuza no prevista en sus consecuencias, en la que, pese a todo, brilla la honra incuestionable de sus protagonistas, la reserva aislada de coraje del David madrileño frente al Goliat bonapartista, eso y su vocación sacrificial, capaz de movilizar luego a sus contemporáneos. El tema es en sí grueso, abrumador, no era fácil abordarlo. Goya inmortalizó sus consecuencias en su famoso cuadro “Los fusilamientos de Príncipe Pío”. Innumerables cronistas narraron luego sus vicisitudes, ésas en que la turba encolerizada de Madrid plantó cara a las tropas francesas -a la sazón, el mejor ejército del mundo- y lo tuvo en jaque durante horas, en incontables y desiguales combates callejeros, a lo cual se sumó un único grupito de soldados españoles (los hoy recordados Daoíz, Velarde, Ruiz) que en el actual barrio de Malasaña resistieron a la arremetida francesa hasta su total aniquilación. El libro es exhaustivo en la documentación de los hechos, puntilloso en su entrega del asunto y la enumeración de nombres involucrados, algunos de los cuales salen por primera vez a la luz. Era, de hecho, la intención explícita del autor en el prólogo: “Devolver a la vida a quienes durante doscientos años sólo han sido personajes anónimos en grabados y lienzos contemporáneos, o escueta relación de nombres en los documentos oficiales”.

Y es aquí donde muy probablemente topa el intento o encuentra sus mayores dificultades: a medio camino de la crónica, uno ha leído varios centenares de cruentos asesinatos, episodios de heroísmo deliberado y otros fortuitos, gestos abyectos y otros de grandeza, una sumatoria que debiera sobrecogernos, hacernos sangrar con los participantes, pero no sucede, o no siempre sucede. Salvo quizás hacia el final del relato, cuando éste profundiza introspectivamente en el desconcierto y las tribulaciones de Daoiz, de Velarde, al comprobar todos esos militares atrincherados en el parque de artillería de la actual Malasaña que están solos, que nadie más los ha seguido en su gesto. La acumulación de datos, eso que Norman Mailer designaba como “datografía”, aporta información indispensable, pero perjudica de algún modo el resultado, confiere al episodio tan pormenorizado cierta aridez expositiva que relega a un segundo plano la emoción, o la conmoción que naturalmente debiera suscitarnos.

Es un punto a considerar. Uno puede leer cien, doscientas páginas de esta crónica sembrada de cadáveres y no experimentar ningún desgarro, asistiendo -sólo asistiendo, desde una distancia infranqueable- al caleidoscopio inagotable de sangre y horrores. Uno puede, en cambio, leer un solo fragmento de Ste-phen Crane en La roja insignia del valor, su crónica a la vez tan personal de la guerra civil norteamericana, algún fragmento donde expone la postura resignada y expuesta de un cadáver anónimo, sus llagas resecas, sus labios entreabiertos (donde se refocilan las moscas), y sí se conmueve, aunque desconozca el nombre del soldado en cuestión, aunque nunca llegue a saberlo. George Orwell decía haber estado en los mismos escenarios de guerra que ha visitado y enumera Pérez-Reverte, una experiencia que el autor inglés resumió en una frase reveladora: “No hay heroísmo allí, sólo mal olor, siempre mal olor”. La conclusión ética de Pérez-Reverte es -queda claro por sus declaraciones- la misma, pero la “datografía” incorporada al recuento, su oficio inequívoco de periodista, su propia meticulosidad, terminan en algún sentido devorando los matices, la individualidad de esos cadáveres rescatados del olvido. No es un asunto menor y sí un déficit atribuible al género épico-histórico con pretensiones didácticas, o incluso moralizantes. El problema es que igual entra, al final, quiérase o no, en una lógica dicotómica, heroica, de buenos y traidores. Frente a estos madrileños vociferantes y tan resueltos a morir, al heroísmo que los redime, el cadáver aquel de Stephen Crane tenía desde luego menos dignidad, menos grandeza, pese a lo cual persiste con mayor obcecación en nuestra retina, ese muerto anónimo. Ese cadáver único y rodeado de moscas.

El best seller como género: tres procedimientos habituales

J. C.

A cualquier autor en activo parece sobrevenirle alguna vez el afán de escribir un “superventas”. Y si no lo asalta a él, alguien más se lo sugiere, de preferencia algún pariente endeudado o su editor, su agente literario si lo tiene, el vecino, un colega de la universidad. La intención o la propuesta son claras, no tanto por desgracia -o quizá por fortuna- las estrategias para desarrollarla. ¿Cómo se hace un best seller? Es la pregunta del millón de dólares, que nadie ha conseguido nunca responder cabalmente, si no seríamos todos, mutatis mutandis, millonarios desbordantes de derechos de autor.

A la documentación exhaustiva del tema -muchos cultores del género operan confesadamente con equipos enteros de investigadores y rastreadores de datos, lo que no es un defecto en sí mismo- cabe sumar otras opciones habituales dentro del asunto. La corrección política es una de ellas. O, más bien, la corrección en todo sentido. Sus novelas denuncian la corruptela política, el soborno, la traición histórica, pero eso es algo que hoy por hoy no suscita resquemores en nadie, más bien al contrario. Le granjea automáticamente al autor el apoyo de sus lectores y los ciudadanos de a pie. John Grisham denuncia las maquinaciones a hurtadillas de las grandes transnacionales, pero esa denuncia es hoy tan consensual como hablar contra la administración Bush, nadie se ofende con ella, al contrario.

Otro factor puede ser la forma en extremo convencional en que se perfilan, en las historias de llegada masiva, los roles masculino y femenino. Los hombres son resueltos, corajudos, consecuentes con su doctrina, no dudan nunca más de la cuenta. Es un poco el discurso bien “machoco” que hacía Hemingway, una postura que sus propios autores adoptan en su vida pública, a la hora de las entrevistas. Las protagonistas femeninas, en cambio, son sensibles, emotivas, vulnerables, y a pesar de todo decididas, maternales, un bastión último frente a la desidia masculina. Y en las entrevistas lo mismo, cuando habla la autora.

En última instancia, se evidencia cierta propensión elusiva del relato, una tendencia quizá deliberada del autor-autora a evitar ciertos asuntos que puedan suscitar discrepancias ético-morales en la audiencia. Como el sexo en detalle o las escenas de alcoba, como la homosexualidad o el consumo desaforado de estupefacientes (una pizca de estupefacientes puede ser). El best seller opera, en suma, desde el status quo, incluso desde la verdad; desde algunas certezas que poca gente discute: todo el mundo abomina de los gobiernos corruptos, ama a sus hijos o mínimamente a su país, valora los gestos de coraje y deplora la cobardía. El status quo y el orden, aunque parezca, en una primera lectura de sus productos, que sus héroes y adalides irreprochables, arquetipos del bien, se meten de frente con el poder y el gran dinero. O sea, con los malos habituales de la película.

Sí, leí un best seller
Pocos se atreven a reconocer que leyeron un best seller. Y menos que les gustó. Hay quienes, de verdad, ni siquiera han intentado explorar esos gruesos volúmenes de lectura y ventas veloces. Como si cada día el éxito comercial estuviera más disociado de la calidad literaria. Pero hay algunas figuras que han ido más allá de sus prejuicios y se han aventurado en estas lecturas. Aquí cuentan la experiencia.
Marco Antonio de la Parra

“Mi relación con los best sellers es pobre, en realidad. Me he llevado bien con Cien años de soledad, cosas así. Alguna vez leí Juan Salvador Gaviota y me dejó un gusto insípido. No es lo mío. Si quisiera hablar de una lectura que me despertó cierto entusiasmo tengo el ejemplo de La casa de los espíritus, pero tampoco fue gran cosa. En realidad, no creo estar en el target group. Y no es por prejuicios. Sí he llegado a hojearlos, pero llego ahí y me aburro”.

Rafael Gumucio

“Del género best seller recuerdo que me gustó Dolores Claiborne, de Stephen King. Lo leí cuando trabajaba para El show de los libros y tenía que revisar una montaña de títulos nuevos. Todos resultaron ser una porquería, menos ése. En todo caso, no seguí leyendo otros libros de él. Me gustó mucho, pero soy flojo. He visto, eso sí, muchas películas de sus novelas. Lo cierto es que por mi propia cuenta no habría leído a Stephen King, porque soy muy prejuicioso, sobre todo con un libro que tiene relieves en su portada. Pero, por mucho que los otros autores tuvieran una presentación más decente, terminaron siendo una basura”.

Andrea Palet

“Le robé a una sobrina Crepúsculo, de Stephenie Meyer, y lo leí con el mismo entusiasmo que ella, en un par de noches. Es parte de una saga para adolescentes, una historia romántica e ingenua, apenas gótica, sobre vampiros arrebatadores y niñas de colegio gringo, y me dejó perpleja y turbada, quizás porque es el único best seller que he leído y no tengo con qué compararlo. Todavía no decido si es brillante o un bodrio, pues aunque podría hacer una lista de todo lo que chirria en la historia, me muero porque mi sobrina me preste los otros tomos”.

Héctor Noguera

“Soy poco lector de best sellers, ya que la mayor parte de lo que leo está relacionado con lo que estoy trabajando en el teatro. De los best sellers, lo que más me ha interesado últimamente es Baricco, que es un autor con el que he trabajado. Me seduce y me conmueve mucho su literatura. De hecho, he realizado dos obras basadas en sus libros, que son Novecento: el pianista y Homero, Ilíada. A él llegué porque el director de cine Michael Radford me lo sugirió para montarlo en teatro. En ese momento lo descubrí y de ahí lo he seguido leyendo”.

José Miguel Varas

He leído a Stephen King. Me interesó su literatura porque creo que tiene un trasfondo real. Me parece que detrás de él hay gente que investiga, es decir, que hay un trabajo periodístico y que de eso él toma ciertos casos. Ahora, él hace novela y crea personajes, indudablemente, pero las situaciones de las que habla me parece que, la mayoría de las veces, corresponden a hechos que uno ha conocido a través de la prensa. Por ejemplo, en una de sus novelas aparece un joven que, con un fusil de largo alcance, se dedica a matar a mendigos, borrachos y personas que le parecen degradadas. Un caso que suena conocido, que resulta realista y que, al mismo tiempo, refleja algo de la sociedad norteamericana. Probablemente él no se lo propone, pero le funciona. También he leído todos los libros de Isabel Allende y le tengo un gran respeto. Creo que tiene una capacidad narradora extraordinaria, aunque también creo que ha aflojado un poco la calidad y ha transado un poco con las exigencias comerciales del mercado como, por ejemplo, en Retrato en sepia o El zorro.

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