Marzo 19, 2008...3:13 pm
LEO MARCAZZOLO PUBLICA NOVELA
Recién nos acaba de llegar Papá y Mamá (Random House Mondadori, 200
una nouvelle que en apenas 149 páginas intenta condensar una vida tan complicada como la de cualquiera. Con todas las virtudes de una confesión y los defectos de la hiperventilación, Marcazzolo por momentos agarra vuelo, en la más pura tradición de las cronistas de fracasos como Joyce Maynard (googleen, pues)

Capítulo I: En la guata de mi mamá
Imagino a mi mamá caminando por una calle sucia del barrio de Santa Leonor en Lima. La imagino caminando con su típica cara de desagrado porque lo que más le carga en el mundo son las calles sucias. Según ella siempre están sucias porque jamás las limpian después de la feria. Mi mamá dice que en las calles de Lima se hace feria tras feria y la verdura se va acumulando hasta formar como una segunda capa de cemento. Así son las calles de Lima y a mi mamá le carga que sean así. Dice que no hay nada que le moleste más que caminar sobre la verdura aplastada. Sobre una cebolla aplastada o sobre un durazno aplastado. Según ella en Chile nunca vio eso, porque en Chile los verduleros siempre limpiaban las calles después de la feria. Mi mamá va caminando con mi hermano de dos años. Lo lleva de la mano y mi hermano conserva el equilibrio apenas porque hace sólo un par de meses nomás, aprendió a caminar. Imagino que mi mamá no va pensando en él, sino en las calles sucias con verduras de Lima. Mi hermano es un niño llorón al que nunca le cortan el pelo, porque según mi mamá se ve más bonito así. Medio hippie con un poco de cara de ángel por el cabello medio rubio rizado. En Lima es raro ver niños medio rubios. En Lima hay mucha humedad y la mayoría de los niños tiene el pelo negro y puntiagudo y, a pesar de que transpiran mucho, jamás se encrespan. Sobre todo en el barrio de casas pareadas, chiquititas y de techos planos donde vive mi mamá. Mi mamá vive en un barrio medio pobre y triste. Un barrio donde nunca pasa nada bueno. Un barrio que no tiene árboles. Un barrio gris, donde lo único realmente bonito es un cocodrilo con la boca abierta que está al centro de una plaza. Mi mamá lleva a mi hermano a jugar allí. Con el cocodrilo. Mi hermano se monta en el cocodrilo mientras mi mamá lo observa, ensombrecida por una tristeza permanente. Mi mamá está embarazada de mí. La imagino tocándose la guata como todas las embarazadas se tocan la guata. Sólo que con un dejo de tristeza. Con la misma tristeza con que mira a mi hermano mientras se cuelga del cocodrilo. Yo llevo siete meses en su guata y fui concebida en Santiago. Una noche en que se tomó mucha champaña, por el bautizo de mi hermano. Se supone que ese día fue feliz y por eso todo terminó con un final feliz en el lecho conyugal de mis padres. Mi mamá -mientras camina- jamás levanta la vista del suelo, porque -según cree- si uno mira gente fea cuando está embarazada, después la guagua sale ciega. Y en Lima -según ella- casi todas las personas son feas, entonces por eso prefiere no mirarlas. Todo este asunto se lo metió en la cabeza la tía Jolia. La tía Jolia era una de las tantas tías abuelas supersticiosas de mi mamá, que llegó a Chile a principios de siglo, desde Siria, junto con la mamá de mi abuela y con otros cien inmigrantes más. Mi mamá conoció a la tía Jolia cincuenta años después, cuando ya estaba prematuramente vieja y ciega. Si bien podía abrir los ojos, ya no podía ver. Su mundo era más negro que la noche oscura. La tía Jolia perdió la vista a los 11 años porque se le secó la retina. Y, según contaba, se le había secado justamente por eso, porque su mamá había mirado a mucha gente fea mientras la estaba esperando. La tía Jolia solía decir que si su mamá hubiese cerrado los ojos cuando veía pasar a los turcos por las calles de Homs, ella jamás se hubiese quedado ciega. Eso decía la tía Jolia, que al igual que para la mayoría de los inmigrantes sirios que se habían venido a Chile escapando de la invasión turca, los turcos constituían la quinta esencia de la maldad y la fealdad. Y por eso los odiaban tanto y por eso la tía Jolia los culpaba a ellos de su ceguera. La tía Jolia vivió harto tiempo en la casa de Recoleta de mi mamá. Y mi mamá siempre se acuerda de que jamás se hablaba de su ceguera a no ser que ella planteara el tema. Y ella sólo planteaba el tema para hacerse la víctima y así sacar provecho de las circunstancias; para conseguir un pedazo más grande de torta, un vestido nuevo o algún tipo de atención especial. Su color preferido era el rosado. Se le había quedado grabado en la retina de sus tiempos de vidente. De sus tiempos de vidente también se le quedó grabada la vanidad. Mi mamá recuerda que la tía Jolia era tan vanidosa que pedía que le tiñeran las canas y que la ayudaran a disimular su ceguera porque le daba vergüenza que se supiera. Entonces cada vez que llegaba una visita a la casa, mi mamá tenía que sentarse a su lado y decirle hacia qué lado tenía que fijar la vista para que la visita creyera que estaba siguiendo la conversación como cualquier persona normal. Esas cosas hacía la tía Jolia y esas mismas cosas recuerda mi mamá mientras camina por las calles de Santa Leonor. La imagino caminando sin despegar la vista del suelo, acordándose de las supersticiones de la tía Jolia. La imagino pensando que lo que menos quiere en el mundo es que yo me convierta en la tía Jolia. Es mejor prevenir que lamentar. No vaya a ser -dice mi mamá- que por mirar tanto cholo, a esta niña después se le vaya a secar la retina. Antes de ir al Perú mi mamá ni siquiera sabía que existían los cholos. Sólo lo supo cuando vio por primera vez a uno y la hermana de mi papá lo apuntó con el dedo y le dijo: “ven aquí, cholo”. Estaban en un restorán con vista al mar, comiendo anticuchos y los cholos eran los tipos que vigilaban la parrilla casi con cuarenta grados de calor. Mi mamá nunca había visto gente que transpirara tanto. Y tampoco nunca había visto que gente tratara tan mal a otra gente sólo por el hecho de ser cholo. Cholo, tráeme un anticucho; cholo, tráeme una Inca Kola; cholo, muévete; cholo, apúrate. Cholo para arriba y cholo para abajo. Así mi mamá entendió cómo eran los cholos y cómo en Perú se trataba a los cholos. Si bien mi mamá no los encontraba bonitos, al menos los llamaba por sus nombres.
Imagino a mi mamá que sigue caminando con tristeza por las calles del barrio de Santa Leonor, está a punto de llegar a la plaza que tiene el cocodrilo con la boca abierta. Mi mamá está triste porque ayer fue su cumpleaños y nadie se acordó. Pasó la tarde sola, esperando que mi papá llegara con una torta del trabajo, pero él llegó sin nada. Y mi mamá no le perdona eso a mi papá. No le perdona que no se haya acordado de su cumpleaños. La imagino sirviéndole la comida en silencio. Mirándolo con expresión resentida. Acumulando odio y pensando que él nunca llegó con su torta. El cumpleaños más triste de su vida. Y mi mamá finalmente llega a la plaza y mi hermano corre hacia el cocodrilo con la boca abierta y comienza a meter la cabeza dentro. Y mi mamá sigue creyendo que si la noche anterior hubiese apagado las velas, ahora sería más feliz. O a lo mejor sería igual de infeliz, pero al menos hubiese sido feliz apagando las velas de su cumpleaños número 33.
Mi papá y mi mamá se conocieron en Chile en 1970, trabajando en la misma oficina de investigación social. Mi papá era sociólogo y elaboraba análisis de contenido y mi mamá era filósofa y salía a la calle a hacer encuestas. Se enamoraron con el tiempo. Nada muy romántico ni de película. Mi papá se enamoró de sus ojos y de su cintura de avispa. Y mi mamá se enamoró de su inteligencia y de su radical posición frente al mundo. Mi papá era de extrema izquierda. Y mi mamá simplemente adoraba eso. Adoraba sus ideas y cómo las defendía. De hecho mi papá defendió tanto sus ideas que llegó a ser expulsado del Perú por eso. Y por lo mismo, mi mamá lo admiraba. Lo admiraba aunque mi papá siempre aclaró que su expulsión se debió más a su torpeza irremediable que a su temeraria lucha. Lo que pasó realmente fue que mi papá intentó asaltar un banco y -debido a su inoperancia- lo pillaron. Esa es su historia. Como ven, no tiene nada de heroica ni de idealista ni de nada. Mi papá cuenta que por aquel tiempo era estudiante de Sociología de la Universidad de San Marcos, pero más que un estudiante de Sociología era un dirigente estudiantil. Y, como buen dirigente estudiantil, en vez de ir a clases, se la pasaba todo el día en el bar del frente de la universidad tomando cerveza y hablando de la revolución del proletariado y de la lucha de clases. Mi papá leía a Marx y a Lenin y hablaba todo el día de eso. Pero aparte de hablar, no hacía mucho más por la causa. Su posición era de revolucionario pasivo. Posición que le acomodaba bastante pues no hacía nada y más encima era admirado. Eso hasta que un día las cosas cambiaron. Eso hasta que un día tomó conciencia y se unió activamente a la lucha. Y unirse activamente a la lucha se tradujo en robar un banco para intentar conseguir dinero para la causa. Después del robo, el gobierno peruano ya comenzó a calificarlo como un “insurgente de alta peligrosidad para el país”. Pero la verdad es que más que un “insurgente” era un muchacho común y silvestre que no tenía idea de cómo cranear un crimen. Esa era la verdad, simplemente no tenía idea. De hecho fue tal su inoperancia que trazó su plan en sólo dos días. Y después de esos dos días, llegó a pie con otros cinco revolucionarios a robar el banco a rostro descubierto. El resultado, como era predecible, fue absolutamente bochornoso y nefasto. Lo imagino. Imagino a mi papá entrando al recinto financiero con su chaqueta de reno café y la escopeta de caza de mi abuelo. Los carabineros llegando en menos de un minuto y mi papá divisándolos, soltando el arma y diciendo: me rindo. Me imagino cuando lo están deteniendo, lo esposan, lo suben a un carro, al cual ya ha subido más de mil veces después de más de mil protestas. Y los oficiales de policía repitiendo una y otra vez que la detención de mi viejo fue la más corta de la historia del Perú. Los policías lamentándose de tener que perder el tiempo con peces tan pequeños como mi papá. Me imagino también un juicio corto y después, la cárcel. Seis meses allí y un gran tiempo para recordar. Tiempo de heroísmo y de pollo al spiedo con papas fritas. Sus compañeros revolucionarios lo visitaban cada día y le llevaban eso. Y él, que siempre fue un glotón sin remedio, no podía más de su regocijo. De hecho, de todo aquello lo que más recordó finalmente fue la comida. Las ideas enterradas bajo el pollo al spiedo con papas fritas.
Después de eso ya no quedaba más remedio que cambiarse de país. Y lo decidió el mismo día que salió de la cárcel. Ese mismo día recibió su carta de expulsión del Perú y optó por venirse a Chile. A Chile, por dos razones: la primera, porque había recibido una beca de la FLACSO y la segunda, porque no tenía a donde más ir. Pero la alegría le duró poco. Tres años después se le pusieron las cosas color hormiga a Allende, llegó junio y mi papá comenzó a presentir el golpe, arregló sus papeles y se volvió al Perú. Pero ya tenía mujer e hijo recién nacido. De ellos ni hablar. Tuvieron que correr tras su huella. Y mi mamá nunca lo imaginó así. Nunca imaginó que iba a terminar viviendo en la Lima gris y solitaria de mi viejo. Y desde el día que llegó. Desde ese mismo día, comenzó a marcar el calendario. Se sentía como un verdadero canario encerrado en una jaula de hojalata. Ya estaba absolutamente arrepentida de su matrimonio. Llevaba apenas tres años de casada y ya estaba arrepentida. Y mientras marcaba el calendario en forma regresiva, recordaba los primeros tiempos con mi papá. Recordaba cómo fue la primera vez que visitó su casa y cómo esa vez la nana Carmen lo hizo entrar por la puerta de servicio. Lo hizo entrar por allí porque -según dijo- mi papá parecía más gásfiter que pretendiente. Y mi mamá se rió porque según ella la apariencia daba lo mismo. También le daba lo mismo su malhumor y sus traumas del pasado. Pero después ya nada de eso dio lo mismo. Nada. Y mi papá también estaba arrepentido de haberse casado con mi mamá. La encontraba simplemente demasiado burguesa. Demasiado apegada a su familia y demasiado mimada. Ambos habían llegado a esa parte del matrimonio donde todo se rompe y se continúa con la otra persona sólo por inercia. Mi papá gritando todo el día y mi mamá acumulando resentimiento. Acumulando resentimiento como quien acumula cupones de comida.
Salí de la guata de mi mamá dentro de todo eso. Fue en la madrugada del 15 de septiembre cuando se rompió la placenta y mi papá llevó a mi mamá al hospital del Obrero Trabajador. Un hospital horrible e inmenso, que por fuera parecía un panal de abejas y por dentro, un manicomio. Sobre todo la parte de la maternidad. Donde las mujeres gritaban como pájaros en celo porque no se les ponía anestesia. Tenían a las guaguas así no más. Y la que más gritaba era mi mamá y el doctor le decía que aguantara y mi mamá le respondía que se fuera a la cresta. Su dolor recién terminó cuando salió mi cabeza. Ahí se terminó su dolor.
“Papá y Mamá”, Leo Marcazzolo. Random House Mondadori, 2008. Santiago de Chile. Primera edición.
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